Toda una eternidad

Expedicionario

Por Arancha Uceda

Fueron 9 las horas que necesitamos para llegar al nuevo mundo. Una vez allí el calor, la humedad y la incertidumbre de aquel que no sabe cuál es su camino, se apoderaron de cada uno de nosotros. Ingenuos, andábamos de un lado para otro, como anda alguien que busca la mirada de otro alguien para encontrar en esa mirada algo de calma, algo de cordura.

El aire acondicionado del autobús volvió a arañar nuestras gargantas, como tantas otras veces lo haría a lo largo del viaje. Mili, nuestra guía, hablaba, sin embargo todos hacían oídos sordos, absortos en lo que estaba siendo la ciudad que nos acogía. La Habana. Llegamos a la Habana con miedo, lo reconozco, otros con ganas de bebérsela, literalmente, algo que finalmente acabamos haciendo todos.

La primera noche fue larga, intensa, incógnita. La cena no ayudó, el calor sofocante tampoco, las sábanas y almohadas extrañas no hicieron mucho más por nosotros, y en definitiva el sueño y el gusanillo incesante que se comía nuestras entrañas y que viajaba con nosotros desde el minuto 1 en que pisamos el aeropuerto, fue lo que acabó finalmente con nuestras ganas de mantenernos en pie.

“Hermanamiento” fue el título indiscutible del primer día habanero. Nuestros hermanos cubanos nos esperaban en lo alto de una escalinata de 88 peldaños. Por fin poníamos cara a los emails que días antes habíamos estado recibiendo. Entre abrazos, miradas, sonrisas y más miradas se perfilaba una figura pequeña, que se deslizaba por entre la multitud en busca de su hermana. Se llamaba Adriana, y era la cosa más dulce y simpática que podría haber esperado. Se molestó mucho en resolver mis dudas, y en explicarme al detalle todos los recónditos secretos de su tan orgullosa ciudad. En La Habana encontramos a nuestros hermanos y amigos. ¡Que gran día!

La noche habanera conllevaba sus propios peligros, que hicimos frente con la unidad del grupo y la ayuda de nuestros recientes hermanos. Y así pasaron los días, cada uno seguido del siguiente.

Días de probar carne de cocodrilo, de lanzarnos en tirolina, de bañarnos en aguas caribeñas y en cascadas infinitas, de bailar salsa hasta el amanecer, de encontrar el amor para más tarde perderlo. Días que nos llevaron a Trinidad, ciudad blanca donde las haya y objetivo perfecto del turismo capitalista, sediento de recuerdos que llenasen sus maletas y que les recordasen el país prohibido que un día pisaron; a Viñales, donde visitamos el complejo de la Terrazas; Topes de Collantes, con sus cascadas y bosques húmedos; Cienfuegos, una bonita ciudad cubana de aire francés y Santa Clara ciudad del tan presente guerrillero Ernesto Guevara de la Serna y conocido por todos como Che.

La Habana volvió a vivir nuestros últimos días en Cuba. Los momentos se habían multiplicado, las experiencias se agolpaban en nuestras cabezas y las sensaciones se mezclaban cual ron y coca cola de un cuba libre cualquiera. Aspirábamos los últimos rescoldos del viaje, los silencios se hacían cada vez más largos en el autobús, las gargantas más arañadas, el cansancio más cansado que nunca, y el tiempo caía como si de arena en un reloj se tratase.

Comenzamos a ser conscientes de que aquellas estaban siendo nuestras últimas gotas de sudor, nuestras últimas palabras entre hermanos, entre amigos, nuestro último arroz con pollo y frijoles, nuestro último pedazo de pan con mantequilla, nuestra última cerveza Bucanero o Cristal, o nuestro último cuba libre, daiquiri o piña colada que probaríamos en mucho tiempo, tal y como lo estábamos probando en aquel momento.

Y el último grano de aquel reloj de arena que había durado diez día, se desplomó sobre los demás y marcó el final de la aventura que 60 expedicionarios recorrieron un mes de Septiembre del año 2007 bajo el nombre de Tahina-Can Bancaja.
Fueron 9 las horas que necesitamos para volver a nuestras vidas, pero hará falta toda una eternidad para que podamos olvidarnos de Cuba…

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