Colorido, calor y mendicidad en Trinidad

Colorido, calor y mendicidad en Trinidad

Autores: Miguel Aguilera, Jásminka Romanos | Fotos: Pablo Garrigós
La expedición Tahina‐Can Bancaja ha llegado esta mañana a la ciudad de Trinidad. Desde la guagua, los expedicionarios se han encontrado con una realidad bien diferente a la que pudieron apreciar en la Habana. En las calles abarrotadas de este enclave rural, se mezclaban carruajes de caballos, algunos coches antiguos, bicicletas, mototaxis, perros famélicos, bicitaxis y mulatas con rulos en la cabeza que contoneaban sus caderas ante los objetivos de las cámaras del equipo de fotografía. Al borde de las calles desniveladas, se alzaban las casas bajas de colores amarillos, verdes, rosas o azules de fachadas descascarilladas que contrastaban con el gris de la calzada empedrada. Un lugar alegre y transitado donde todo era color, gente singular y ajetreo. Los niños mulatos en pañales con miradas sorprendidas han sido el foco de atención de los expedicionarios que se acercaban a ellos regularmente para fotografiarlos y charlar cariñosamente.

Según han bajado del autobús, a los expedicionarios les ha explotado en la cara un calor húmedo y una avalancha de mulatas que ofrecían “collares a un peso, mi amor” y reclamaban bolígrafos
y jabones para sus hijos, a los que llevaban apoyados en sus caderas. Entre este ambiente asfixiante, los jóvenes han entrado a la Casa del alfarero, en donde una familia trabaja la artesanía desde hace 105 años. En el local se podían comprar desde máscaras primitivas de rasgos africanos hasta ceniceros, pasando por figuras cubanas o jarrones decorativos.

El segundo motivo de la visita ha sido La Casa de la Trova de la plaza de Santa Ana. Ésta estaba dominada por las ruinas de la iglesia cuyas puertas y ventanas permanecían tapiadas, lo que le daba un aspecto de deterioro. En el local de música una veterana banda compuesta por un chelo, una guitarra, unos bongos, unas maracas, un güiro, voces y un bailarín han animado a los expedicionarios a hacer sus pinitos en la pista de baile. Por unos momentos han conseguido, incluso, que todo el grupo se dejase llevar por la música y menease las caderas con entusiasmo
Tras el baile, el siguiente destino ha sido la Casa de Santería y Yemayá. Por el camino los jóvenes han tomado contacto con los habitantes del sitio. Sheila Juan, una de las expedicionarias, ha comentado al respecto que le ha parecido “muy interesante” la actividad. “La gente era muy amigable y he comprobado que la situación económica estaba muy mal porque no dejaban de pedirnos cosas”, ha añadido.

Visita a una casa de SanteríaEn el templo, dominado por la figura de una virgen negra en brazos y pinturas que evocaban el mar en las paredes, el santero que ha recibido al grupo ha explicado que la santería es un culto que integra el catolicismo y las religiones primitivas africanas, y que el Yemayá es una religión animista, centrada en la naturaleza y los elementos positivos de la vida.

A continuación, el grupo se ha adentrado en las calles de Trinidad donde han visitado una antigua casa señorial dedicada a la historia de la región, en la que se repasaban los temas de la esclavitud, la guerra de la independencia y la revolución cubana. También han aprovechado para perderse de compras en los mercados artesanales, antes de comer en un restaurante típico en la Plaza
Ana ambientado por un grupo musical y un mago, que les ha sorprendido con sus trucos.

Artesanía en las calles
La ciudad estaba inundada de puestos de artesanía destinados a los turistas. En estas mesas, que marcaban el camino a seguir por las vías llenas de bache, se exponían multitud de objetos reclamando la atención de los extranjeros. En ellas se podían encontrar estatuillas de madera, collares de semillas, souvenirs y un sinfín de ropa de lino y ganchillo, entre otras curiosidades.
Era difícil no pararse en cada uno de los establecimientos, ya que los vendedores paraban, y en más de una ocasión han llegado a retener a los expedicionarios cantándoles los productos que ofrecían. Pero, estos mercadillos callejeros no eran la única muestra de artesanía diseñada para los turistas. En los bajos de las casas había establecidas una multitud de galerías de arte con paredes forradas de lienzos de colores llamativos y temas propiamente cubanos. Reproducciones de los carros, retratos de niños mulatos o imágenes de músicos del lugar son sólo algunos de los temas plasmados al óleo. También de mucho colorido es lo que los jóvenes han encontrado en la Casa de Alfarería. Este lugar es un enclave de artesanía tradicional donde una misma familia lleva 105 años elaborando objetos decorativos de arcilla que extraen de las montañas cercanas. En el taller visitado mojan el material, los artesanos le dan forma de jarrones, ceniceros o figuras, luego las dejan secar, y finalmente las queman y pulen. Todo un arte que lleva establecido en Trinidad un siglo.

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